--Comprendo.
--¡Ah! --replicó Aramis: --¿y qué comprendéis,
mi buen amigo?
--Vamos de parte del rey a hacer una proposición de grande importancia
a Athos.
--¡Psé!
--No me digáis nada --añadió Porthos procurando hacer contrapeso
para evitar los tumbos de la carreta,
--no me digáis nada; adivinaré.
--Eso es, adivinad.
A las nueve de la noche y a la claridad de una luna despejada, Porthos y Aramis
llegaron a casa de Athos.
Porthos y su compañero se apearon a la puerta del pequeño castillo,
que es donde vamos a encontrar de
nuevo a Athos y a Bragelonne, desaparecidos ambos después del descubrimiento
de la infidelidad de Luisa.
Si hay una máxima verdadera, es la que reza que los grandes dolores encierran
en sí el germen de su con-
suelo. En efecto, la dolorosa herida abierta en el corazón de Raúl,
acercó a él a su padre y Dios sabe si eran
dulces los consuelos que manaban de los elocuentes labios y del alma generosa
de Athos. Sin embargo, no
siempre Raúl comprendía a su padre; y es que para el corazón
verdaderamente enamorado, nada reemplaza
el recuerdo y el pensamiento del objeto amado. Entonces decía Raúl
a su padre:
--Señor, cuanto me decís es cierto: creo firmemente que no hay
quien haya sentido más quebrantado el
corazón que vos; pero vos sois demasiado grande por lo que atañe
a la inteligencia, y excesivamente proba-
do por la desventura, para no ser indulgente con la debilidad del soldado que
padece por la primera vez.
Pago un tributo que no volveré a pagar; por lo tanto, toleradme que me
abisme cuando pueda en el dolor,
que sumergido en él me olvide de mí mismo y se anegue mi corazón.
--¡Raúl! ¡Raúl!
--Escuchad, señor; nunca me acostumbraré a la idea de que Luisa,
la más casta y candorosa de las muje-
res pueda haber engañado de manera tan vil a un hombre tan honrado y
tan amante como yo; nunca acertaré
a resolverme a ver aquel rostro apacible y angelical convertido en cara hipócrita
y lasciva. ¡Luisa perdida!
¡Luisa infame! ¡Ah!, señor, esto es para mí más
doloroso que mi desventura, que su abandono.
Athos entonces echaba mano del remedio heroico; defendía a Luisa contra
Raúl, y justificaba su perfidia
con su amor.
--Una mujer que hubiera cedido al rey por el mero hecho de ser rey --decía
Athos, --merecería el cali-
ficativo de infame; pero Luisa ama a Luis. Jóvenes ambos, han olvidado,
el su alcurnia, ela sus juramentos.
El amor todo lo absuelve, Raúl. El rey y Luisa se aman sinceramente.
Dada aquella puñalada, Athos, suspirando, miraba a su hijo como al dolor
de la tremenda herida huía a lo
más cerrado del bosque o se refugiaba en su cuarto del que una hora después
salía, pálido y trémulo, para
acercarse nuevamente y sonriéndose a athos, a quien besaba la mano como
el perro que acaba de ser casti-
gado acaricia a su amo para rescatar su falta. Raúl sólo daba
oídos a su debilidad, y no confesaba más que
su dolor.
Así pasaron los días que siguieron a la escena durante la cual
Athos había agitado de manera tan violenta
el indómito orgullo del monarca; escena sobre la cual el conde de La
Fere no dijo nunca una palabra a Raúl,
por más que a éste le habría tal vez servido de consuelo
la humillación por la que pasó su rival. Y es que
Athos no quería que el amante ofendido olvidara el respeto debido al
rey.
Y cuando Bragelonne, enardecido, arrebatado, sombrío, hablaba con menosprecio
de la palabra real, de la
fe equívoca que algunos insensatos buscaban en las personas emanadas
del trono; cuando Raúl predecía los
tiempos en que los reyes serían más pequeños que los hombres.
Athos le decía con su voz serena y persua-
siva:
Tenéis razón, hijo mío; sucederá como decís:
los reyes perderán su prestigio, como pierden su claridad
las estrellas que han llegado al límite que Dios les señalara.
Pero antes que llegue tal momento, ya estare-
mos muertos nosotros, Raúl; y no olvidéis lo que voy a deciros:
en este mundo fuerza es que todos, hom-
bres, mujeres y reyes, vivamos en los presentes; sólo para Dios debemos
vivir según lo venidero.
He aquí como conversaban Athos y Raúl, paseándose por la
larga alameda de tilos del parque, cuando re-
sonó la campanilla que servía para avisar al conde la hora de
la comida o una visita. Maquinalmente y sin
dar importancia el sonido que acababa de vibrar, el conde y su hijo dieron media
vuelta, y al llegar al ex-
tremo de la alameda se encontraron en presencia de Porthos y de Herblay.
EL ÚLTIMO ADIÓS
Raúl lanzó una exclamación de alegría y abrazó
con ternura a Porthos, Aramis y Athos se abrazaron co-
mo se abrazan los hombres maduros, y aun para el primero aquel abrazo equivalió
a una pregunta, pues dijo
